¿Por que viajamos? o la importancia de la experiencia

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¿Por qué viajamos? O la importancia de la experiencia.

por Horacio Cherniavsky 

Es posible pensar de nuestras vidas como un perpetuo proceso. Somos la acumulación de experiencias vividas y aprendizajes adquiridos en el transcurso del espacio-tiempo. Sería un error, entonces, pensar en uno mismo como algo autónomo, estático, consolidado, finito. Nuestra percepción sobre nosotros mismos varía con el tiempo y somos capaces de ir construyendo nuestra propia historia. ¿O es la historia la que nos construye a nosotros? Pues, ambos. La respuesta práctica a esta dualidad yace en el significado del diseño ontológico que dice que lo que diseñamos nos diseña. Es una interacción colaborativa. Ahí reside la importancia de la arquitectura como articuladora de una cultura, una sociedad y en última instancia de una civilización. Es nuestro entorno el que rige como vivimos, como nos sentimos, como percibimosal mundo. Asimismo, somos nosotros los que construimos ese entorno.

La curiosidad y el deseo de la novedad son sentimientos inextricables a la naturaleza humana. Evolutivamente hablando, éstas fueron piezas fundamentales para el desarrollo de nuestra especie. Lo nuevo representa el cambio, la modificación de lo existente, y en ciertos casos, el progreso. La creación produce la novedad, y la novedad promueve la creación. La capacidad de crear, entonces, tiene su origen en la necesidad de transformar para habitar. Parafraseando a Heidegger, “al habitar llegamos solamente por medio del construir”. Y la construcción, que en esencia es transformación, es un proceso colectivo. Construimos loslenguajes, las costumbres, las ciudades, las culturas, las ficciones que nos organizan y determinan nuestras vidas.

Exponernos a entornos no familiares nos obliga a modificar los procesos mentales habituales y cotidianos. Al encontrarnos fuera de nuestros patrones de comportamiento diario, alias rutina, abrimos una ventana hacia la reprogramación de nuestra manera de ver el mundo, y por ende, de cómo nos vemos a nosotros mismos. Descubrir nuevos paisajes, espacios, personas, ideas, es aprender de ellos. Hay demasiada información en el modo de habitar de cada lugar. Esto nos permite elaborar una mirada crítica sobre la situación actual de nuestro propio entorno, sobre todo cuando vamos acumulando destinos. En esta constante búsqueda de lo nuevo es que nos encontramos con el descubrimiento, que lo convertimos en aprendizaje.

Estos aprendizajes luego forman parte de nuestra capacidad creativa. En inglés el término “awe” se refiere al sentimiento de sobrecogimiento y asombro que se experimenta en un momento de expansión perceptiva, de tal magnitud, que reconfigura nuestros modelos estructurales de la realidad. Dentro de nuestra susceptibilidad perceptiva de los viajes, nos sumergimos en esa sublimación poética, en la intensificación de la experiencia del presente, en una suerte de éxtasis.

Éxtasis, que en su raíz etimológica significa desplazarse, desviarse, es en esencia la acción de estar fuera de sí (ek, ex – stasis, estático, estanco). Algo tan cotidiano, común y corriente, se vuelve algo único, excéntrico, exótico, innovador, sin precedentes para nosotros. El frío y húmedo recibimiento de una catedral gótica, los olores que brotan de las cocinas en las calles de la ciudad medieval, el sabor de cada plato típico, la música que se ejecuta en el espacio público. Percepciones que muchas veces los propios habitantes del lugar dan por sentado, ya que forman parte de su cotidiano. Cuanta sensibilidad perceptiva sentimos al entregarnos por completo al profundo abismo de la conciencia. Pareciera que dentro de nuestra rutina diaria hay poco espacio para experiencias trascendentales y son justamente estos fragmentos vividos los que encienden el fuego de la voluntad creativa.

Los viajes, al descontextualizarnos del cotidiano y alejarnos de preconceptos y familiaridades, nos prestan nuevas lentes para ver la realidad. Conectarnos a esta diversidad hace que nos preguntemos sobre nuestro concepto de la verdad. Aquí nace lo que denominamos “perspectivas” que son las distintas representaciones con las que vemos la realidad. Es más importante, según Alain de Botton, la mentalidad con la que viajamos que el propio destino al que vamos. Está claro, entonces, que todo lugar posee información y particularidades de las cuales nos podemos enriquecer. No existen mejores o peores destinos. Cada rincón del universo esconde infinitos secretos esperando a ser revelados.

En ciertos momentos de la historia, como en ciertos lugares en la actualidad, viajar para ver arquitectura era la única manera de aprender de lo que ya se había hecho. Este peregrinaje instructivo era el único canal de aprendizaje previo a los libros e internet. Por supuesto, los viajes se volvieron cada vez más accesibles y se convirtieron en tarea pendiente de arquitectos en proceso de formación. Si bien los focos de interés arquitectónico se van polarizando, el Grand Tour europeo sigue siendo un hito en el desarrollo disciplinar.

Desde el viaje a oriente de Le Corbusier (en ese entonces Charles Édouard Jeanneret) hasta la expediciones de Bernard Rudofsky, todo viaje produjo un impacto penetrante que luego se manifestó en el trabajo y la producción de cada uno. Louis Kahn, Frank Lloyd Wright, Alvar Aalto y Jörn Utzon, por dar algunos ejemplos, transformaron su manera de ver la arquitectura luego de reveladores viajes. Tadao Ando confesó que fueron sus viajes los que le enseñaron arquitectura, ya que no tuvo formación académica de la profesión. Es de suma importancia, entonces, reconocer el rol fundamental de los viajes como herramienta de aprendizaje en la formación profesional. Todo lo vivido se convierte en recurso de nuestra propia producción.

Tener presente el motivo de nuestras acciones nos enfoca en la búsqueda de sus resultados. ¿Por qué, entonces, viajamos? Cada uno tendrá un motivo distinto. Se viaja para descubrir, para conocer, para aprender, para evolucionar, para perdernos y cuestionarnos. Solamente cuando nos perdemos es que nos podemos encontrar. Y a veces no se trata de encontrar respuestas, sino de hacernos mejores preguntas.

8M, caminando hacia la igualdad

8M, caminando hacia la igualdad.

por Melina Pekholtz 

El 8 de marzo no es una celebración como tal, es un paro para recordar el asesinato de las trabajadoras textiles de una fábrica en Nueva York, a principios del siglo XX y así reivindicar los derechos por la igualdad.

Muchas veces escuchamos;
-No es la forma, esto no me representa.
Seguramente olvidamos que por mujeres que se manifestaron como nosotras, tuvimos “derecho al voto”.

Las sufragistas no fueron mujeres que pacíficamente salieron a pedir que les dieran esa participación.

El solamente pensar que tenemos que luchar, pedir y requerir “derechos” que tendrían que ser igualitarios o equiparar situaciones asimétricas, ya nos habla de la brecha enorme que existe en cuanto a la igualdad entre los seres humanos.

Históricamente el advenimiento del sedentarismo en las distintas civilizaciones fue generando y conformando el espacio doméstico como espacio propio para la mujer y para prodigar no sólo sus cuidados a todos los miembros de la familia sino a cuidar también el “patrimonio” que se iba generando con el uso exclusivo de la tierra.

Con esta conjunción de patriarcado y patrimonio, la mujer fue desarrollando sus actividades en los límites del espacio doméstico.

Hasta la revolución industrial, la mujer por cuestiones de organización, reproducción y construcción social, estuvo a cargo de todo lo que ocurría en ese espacio intramuros de lo “privado”; por lo tanto sus acciones así como también su imagen estuvo invisibilizada de la espera de lo público.

Con la especialización del trabajo y la ayuda conseguida con el uso de las máquinas (reemplazando ciertas tareas relacionadas con la fuerza) y con ello el avance de una sociedad cada vez más capitalista, la mujer poco a poco fue incorporándose al “mercado laboral” en forma de una nueva esclavitud incipiente y modernizada, pero que a su vez seguía demandando sus roles internos en el espacio doméstico, precarizando así más y más su calidad y condiciones de vida como también su desarrollo intelectual.

El sólo hecho de hablar de “labor” en cuanto al trabajo realizado por la mujer y “trabajo” para las actividades productivas del hombre nos cuenta mucho acerca de esa diferencia.

Hoy por hoy en pleno siglo XXI, seguimos luchando por visibilizar esas asimetrías en una sociedad post-industrial, post-humanista, donde las mujeres somos productoras y proveedoras a su vez, donde la educación, la reflexión y el intercambio nos fueron abriendo cada vez más los ojos para poder entender cómo las nuevas formas de vida nos fueron postergando a nosotras mismas como seres autónomos en igualdad de derechos, así como también coartando ciertas expresiones humanas reprimidas en los propios hombres a causa de la cultura del machismo.

Hasta que no podamos comprender que el feminismo no sólo favorecerá a las mujeres, deberemos seguir adelante.

Felicidades por este día de lucha, que termine pronto y se recuerde siempre.

Los rostros del olvido

F6CEC489-8547-490C-86C0-37395BCE518ALos rostros del olvido

por Melina Pekholtz

Las comunidades indígenas son las raíces del territorio paraguayo. Son la cultura misma, viva y viviente de la tierra que las contiene.
Su cosmovisión diversa y plural dio origen a todo el universo aborigen en este suelo: a las primeras palabras, a los primeros nombres.
Paradójicamente, estas comunidades están aisladas de la sociedad y no se insertan, porque el sistema dominante las apartan y las mutilan lentamente.
Los rostros de los Makas nos cuentan las historias escondidas en lo más profundo de la tierra, historias que podremos escuchar, compartir y aprehender.
Sólo ellos con sus vidas nos llevan hasta ese universo paralelo, a ese otro tiempo, lejos del sistema que consumimos y que a su vez nos devora a nosotros mismos.
Observar sus expresiones, sus facciones y explorar así sus miradas, es viajar a lo más hondo de su existencia, a dónde estos retratos nos transportan y nos iluminan para entender que la vida es más que una circunstancia.
Esta selección de piezas, nada fortuita, nos presenta cada rostro como un destino. Porque así es su existencia en la tierra que los originó y a su vez los marginó.
En cada semblante se descubre la búsqueda del fotógrafo que nos revela cada una de las miradas; esos ojos,
Cansados, Desorientados, Abrumados, Felices, Sorprendidos, Serenos, Desesperanzados, Inocentes,
y por sobre todo urgentes.
Urgentes…
Urgentes de ser relevados, de ser transmitidos,
de ser apreciados,
de ser comprendidos,
de ser conocidos,
y por sobre todo de ser reconocidos.
Necesitamos cada una de sus particularidades, de sus designios,
de su visión del ciclo,
de sus mitos,
de sus ritos y conjuros,
y por sobre todo de su existencia, que no es otra que la de la humanidad entera.
Y es así que estos retratos los descubren y a su vez nos sorprenden a nosotros mismos. Cada ser humano se encuentra entre la tierra y el cielo, entre el polvo y el aire.
Nuestro encuentro con los otros se dá en ese mismo espacio, en esa cosmogonía que nos habita.
El reflejo de la vida misma en sus ojos no es otro que el que brilla en los nuestros cuando los observamos.
Entender que todos somos un todo, es la suprema visión de ese cosmos. Infinito y eterno, somos ellos.

Fotografias de Kristian Mauri, comunidad Maka.

Reflexiones sobre la obra arquitectónica de Pindú

Reflexiones sobre la obra arquitectónica de Pindú

por Anibal Cardozo.

Profesor titular de la cátedra Crítica arquitectónica de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Arte de la Universidad Nacional, publicado el pasado 4 de junio en el suplemento cultural de Abc Color.

La obra de Jenaro Espínola -Pindú- (1946-1993) suele caracterizarse por un fuerte contenido formalista e incluso es muy criticada por ello. ¿Acaso se puede hablar de un estilo Pindú?

Un estilo es una manifestación tangible de un pensamiento creativo estructurado según ciertas reglas o normas de uso constante y continuo. Puede estar referido a un artista o a un conjunto de artistas que conforman una tendencia, escuela o determinada época de la historia del arte. Según el historiador alemán Heinrich Wölfflin cada ciclo artístico pasa por determinados estilos o fases estilísticas: arcaico (tanteo para hallar una expresión propia), clásico (tendencia a una definición estricta) y barroco (tendencia a la percepción sensitiva y a la movilidad). Y son justamente estas constantes implícitas en el conjunto de una creación las que sirven para estructurar un lenguaje capaz de transmitir un mensaje, tal como lo constituye toda obra de arte. Estas invariantes son recurrencias que aparecen a lo largo de una serie de propuestas y que le otorgan a dicho conjunto homogeneidad, y que permite su reconocimiento como tal. Y a partir de ello será posible hablar de estilo. En el caso específico de la arquitectura, el estilo no necesariamente tiene que estar ligado a los aspectos formales o morfológicos, sino que puede estar referidos a uno o varios de los diferentes aspectos que concurren al hecho arquitectónico, sean éstos formales, utilitarios, técnico-constructivos, espaciales, contextuales, simbólicos, de interés ecológico, etc.

Volviendo a la pregunta inicial ¿se puede hablar de un estilo Pindú?

La respuesta, por el momento, es una incógnita pues solamente una extensa y profunda investigación de toda su obra -que aún no se ha hecho- estudiada y entendida en su globalidad, podría dar la posibilidad de  reconocer los procesos de su evolución estilística. Y es recién cuando surgirán, como líneas emergentes de sus diferentes caminos, atajos, propuestas, los rasgos recurrentes e identitarios que, en tanto invariantes, llevarían a pensar en un estilo Pindú o bien, en varios estilos, si es que los hubiera. Una vez llevadas a cabo estas investigaciones, el aporte de Pindú podría ser evaluado, tanto en el orden arquitectónico y urbano-ambiental como en el ámbito del diseño y de la plástica con el objeto de establecer una significación de la totalidad de su obra dentro del conjunto de la arquitectura y de las artes visuales de Paraguay.

Partiendo de la hipótesis de que en la obra arquitectónica de Pindú se manifiesta un estilo definido, podríamos pensar que en su evolución creativa aparecen aquellas características que estableciera Wölfflin para definir las fases estilísticas, es decir, que habría una fase arcaica, una fase clásica y una fase barroca. A modo de ilustración vamos a referirnos a dos ejemplos de arquitecturas en esquina las cuales, desde su especial implantación, reconfiguran la imagen de la ciudad transmutándose en aquellos sitios que  Kevin Lynch dio en llamar un “polo urbano”.

Podríamos considerar que la obra Martínez Trueba (avenida San Martín y Agustín Pío Barrios), de 1972, pertenece al período arcaico, ya que pone de manifiesto la búsqueda y la definición de la expresión propia con ciertos rasgos que se irán repitiendo a lo largo de su producción arquitectónica. En esta obra se observa cómo la casa, al alejarse de la calle y de la línea municipal, genera la distancia imprescindible para la visualización del conjunto, quizás a la manera de un atrio en negativo, con el fin de preservar la arquitectura de la profanidad de la esquina, tal vez como un vacío imprescindible y esencial. O bien, la disposición del techo inclinado que, con una clara y potente configuración dinámica, posa con celo su índole protectora del espacio interior. Y, finalmente, el muro curvo que se ofrece a la mirada del transeúnte como un velo rotundo que establece una misteriosa introspección y niega el conocimiento de una sacralidad interior ya que, al no tener ventanas, se protege la intimidad de sus habitantes. Con tan sólo tres elementos, la composición explicita potentes significados que hacen al habitar discreto, tal como lo desearon sus propietarios, la familia Martínez Trueba.

La vivienda Kostianovsky (avenida  República Argentina esquina Alfredo Seiferheld), de 1979, pertenecería a un período clásico.

Aquí Pindú, con firmeza, pone de manifiesto un acabado Kunstwollen, entendido éste como la comprensión significativa de una cultura del habitar, es decir, de la arquitectura. Nuevamente la esquina otorga el marco urbano pero, sin embargo, en este caso Pindú no ciñe su arquitectura a tal circunstancia sino que, por el contrario, hace un gesto de acompañamiento a la poderosa inercia de la avenida República Argentina, en continuidad virtual con la dinámica horizontalidad que caracteriza todo su trayecto ciudadano y relega la calle lateral a un segundo plano. La horizontalidad manifiesta será pues el partido formal en torno al cual se irán generando sub-espacios con contenidos funcionales ad-hoc. La amplitud de la avenida y el cruce que se genera allí precautelan la distancia de visualización requerida para la mirada del conjunto.  Los taludes se encargan de alzar el nivel del acceso hacia la jerarquía de un “piano nobile”, en pos de una jerarquización espacial sobreelevada con respecto al punto de vista del observador y con lo cual,  la obra automáticamente adquiere una dignidad encumbrada y distante. Nuevamente observamos la referencia jerárquica del posicionamiento edilicio a la usanza de una estancia noble, en donde se imponen rangos de valor diferenciados.  Habitualmente las casas de los mortales tienen puertas para poder entrar y dejar afuera el exterior. Esta casa no tiene puerta, al menos de manera explícita. Pero sí posee una abertura a modo de  entrada cavernaria. La recurrencia arquetípica de la atávica cueva como ámbito silvestre de protección natural recupera en esta arquitectura su simbolismo ancestral y genera en su conformación el espacio interior como refugio y seguridad. Habitualmente las casas de los mortales tienen ventanas para visualizar el exterior desde el interior. La casa Kostianovsky, no tiene ventanas sobre la avenida, al menos de manera explícita. Con esta ausencia podríamos interpretar que, a diferencia de la casa Martínez (1972), no se pretende preservar la intimidad interior sino que, por detrás del vidriado plano oscuro que camufla una puerta, se intenta, -de un modo un tanto subrepticio- suscitar en el imaginario colectivo del paseante callejero el misterio de un espacio interior oculto e inalcanzable. Y, finalmente, observamos que el techo se despega de su base para cubrir la casa, al menos de manera esquemática y a modo de cornisa invertida, para forzar la distancia perspectívica del escorzo y enmarcar la lejanía visual del conjunto. Hemos observado pues cómo la casa Kostianovsky posee los rasgos habituales de entender una casa, pero la configuración formal adoptada por Pindú extiende sus significaciones hacia un plano más trascendental de lo que habitualmente se supone que debe representar una casa. No recuerdo qué espacio existía en esa esquina antes de que la arquitectura de Pindú aposentara allí sus reales. Posiblemente un espacio urbano común y sin nombre. Pero la ciudad como todo organismo vivo crece, se recrea y se renueva y, a la vez, instaura configuraciones edilicias que, marcando épocas, fija la memoria colectiva de sus habitantes.

La esquina República  Argentina y A. Seiferheld (antes esa calle tenía otro nombre) era una simple esquina resultante del parcelario urbano. La implantación de esta casa en 1979 generó un acontecimiento ciudadano. Aquel territorio deja de ser anónimo cuando la arquitectura de Pindú se instaura como hito urbano y aquello deja de ser espacio neutro para ser un lugar. Un lugar urbano es la confluencia de tiempo y espacio, de memoria colectiva de significaciones y de olvidos, es decir, un espacio existencial.

Si alguna vez la casa fuera demolida, desaparecería no sólo una obra magistral de un arquitecto creativo, tal vez el más relevante de la arquitectura paraguaya, sino que también desaparecería un recinto de la vida urbana que, a modo de la “cuaternidad”*  de Heidegger, se consuma como la manera humana del habitar sobre la tierra, bajo la cobertura del cielo y la atenta mirada de los divinos en el construir y el cultivar de los mortales, es decir, preservando el lugar y el crecimiento de la vida que es el modo humano de ser.

Una tercera obra, el edificio Nautilus, 1989, de la calle 25 de Mayo esquina Curupayty, nos daría pistas de un tercer momento estilístico de Pindú, el barroco, pero su análisis de intensa complejidad quedará relegado para una futura edición.

Espacio público y genero en Asunción

Espacio público y genero en Asunción

Condicionamiento de la equidad en el uso del espacio urbano.

Por Melina Pekholtz 

Si observáramos el uso del espacio urbano podríamos llegar a tener unas pistas de cómo ello refleja la visión que tenemos de la sociedad en la que vivimos.

El espacio público asunceno se encuentra masculinizado, marginando a las mujeres a usarlos como espacio de tránsito más que de permanencia o de actividad.

La conformación del espacio y su planificación es la directa relación que tenemos con los valores según los cuales vivimos y en Asunción esa traducción es muy veraz.

Los espacios de uso de las plazas están colonizados por canchas que muchas veces ocupan el mayor porcentaje de la superficie de las mismas.

La falta de una correcta iluminación, de sanitarios públicos en condiciones, la precaria accesibilidad, la carencia de amplitud necesaria para las visuales hacen que estos espacios no sólo sean poco amigables con las mujeres sino que muchas veces sean hasta evitados.

Siempre se acentuó el espacio público como el lugar en el cuál la mujer expone su vulnerabilidad ante los posibles ataques corporales o el acoso verbal, intimidadas con las miradas de los hombres e incluso posibles comentarios de los allí presentes.

La lucha feminista en algún sentido estuvo dirigiendo sus esfuerzos en el sentido contrario al enfatizar el acoso y la necesidad de seguridad ya que todo esto acrecienta la idea de protección necesaria y torna aún más reticente el uso del espacio público.

Confinando nuevamente a las mujeres al uso del espacio privado, mayormente doméstico que es justamente donde la mayor violencia es ejercida hacia ellas, exagerando estas situaciones para continuar su marginación del espacio público así como de toda la esfera del ámbito público-social.

Se refuerza de esta manera la perspectiva paternalista de la inseguridad en las calles y debemos dejar de asumir como neutral ciertos espacios y situaciones que no colaboran con la presencia femenina en las distintas esferas y comenzar a dimensionar cuán perjudicial ha sido para la sociedad la invisibilización de las mujeres en el ámbito público. Esto no sólo es responsabilidad de individuos particulares sino del Estado.

Es sumamente necesario repensar la planificación del espacio urbano desde otras perspectivas que puedan ser más propositivas en cuanto a la inclusión, generando interacción entre grupos diversos promoviendo así la heterogeneidad étnica y social.

Crear al margen, los rostros de la autogestión

Los rostros de la autogestión.

Por Fernando Colmán.

“Se debe abrir una escena, en la que la sociedad actúe, y se represente” Ticio Escobar, 2011

Luego de la caída de la Dictadura en Paraguay (1989), la escena artística ha vivido transformaciones que la han llevado a un proceso híbrido de creación[7], el ambiente artístico local que anteriormente estaba dividido entre artistas detractores y aduladores del régimen, tuvo que lidiar con los avances que la modernidad requería, sin centros de formación en artes, y escasas iniciativas estatales, se disparó un proceso de creación híbrido, hasta la aparición del Grupo Arte Nuevo en 1954. En lo académico, la fundación del Instituto Superior de Arte (1996), menguó la necesidad de contar con un espacio de formación. en la actualidad, resulta ser prácticamente el único lugar en el cual se puede aproximar el desarrollo de pensamiento crítico. Pero, aunque los intentos por parte de esta institución sean loables, la necesidad es aún mayor.

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“Diametral”, de Bruno Duque y Tatiane Mendes, en colaboración con Taiwán. Costanera de Asunción, Festival Temporal. Fotografía de Sandra Dinnendahl (2017)

La escena en la cual me desenvuelvo, está compuesta en gran parte por gestores, artistas y estudiantes de arte que trabajan desde el margen de actividades oficiales, de los escasos centros de legitimación artística que tiene Paraguay.
Entre las acciones propuestas—por citar algunas—, por parte de gestores culturales independientes, se encuentran el Festival Temporal, Confluencias de Arte y la muestra Anatografías: Una exhibición oscura[1], realizada en un espacio alquilado (La Caosfera, en el centro asunceno) fueron organizadas por Sandra Dinnendahl López (Esedele). En las tres ocasiones, la convocatoria fue abierta, en algunos casos variando el proceso de selección. En el caso de los dos primeros eventos mencionados, cabe destacar, que ambos fueron desarrollados en espacios públicos.

Desde los centros de formación,como el Instituto Superior de Artes de la Universidad Nacional de Asunción, también se han generado espacios de creación colectiva autogestionada, como la reciente creación del Taller de Moreno, desde el cual proyectan en la actualidad la muestra Corpus Dixit[2], un manifiesto por parte de este cuerpo de estudiantes a proyectarse como artistas a futuro, con las mutaciones e implicancias que el trayecto requiere. Se encuentra compuesto por Joaquín Velázquez, Belén Rodríguez, Tim MiRaquel, Fátima Barúa, Ariana Gómez, Natalia Daniela, Cecilia Avati, Francisco Portillo y el acompañamiento del reconocido artista local Carlos Almeida.
Atendiendo a la escasa posibilidad de contar con espacios de producción en el país, este tipo de iniciativas representan una alternativa que mantiene la dinámica de circulación de lo que la acción artística significa.

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El taller de Moreno, taller y espacio de muestras colectivas, autogestionado.

La Fundación Adriana Moura, un emprendimiento autogestionado desde el sector privado, se estableció en el país, con acciones sin fines de lucro, autonomía administrativa y financiera. Ha sido la encargada de crear redes, circuitos y convenios con organismos dedicados a la promoción y gestión artística y cultural del escenario local, con la intención de dinamizar actividades dentro de este campo, así como también en el diseño de indumentaria. Fue la encargada en el año 2017 de la organización de la muestra Mujer Artista Resista, en el Teatro Edda de los Ríos, curada por Talyta Gomes Da Silva. Tal como lo menciona el texto promocional de la fundación: “algunas mujeres se constituyen como forma de resistencia”.[3] La muestra tuvo como intención, visibilizar las particularidades de las vivencias femeninas, a través de diferentes medios transformados en experiencia estética desde el gesto íntimo.

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Muestra “Mujer Artista Resista”

 

 

 

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Integrado por: Veronica Díaz de Vivar, Mauricio Paiva, Salma Abraham y Leonardo Mendez.

En la gran variedad de propuestas, existen otras que no pudieron ser mencionadas. Considero a modo de conclusión, que el poder generar soporte al margen de acciones oficiales desde la alteridad, es una opción favorable que puede llevarnos a un trabajo colectivo y de mayor productividad. Asumir el compromiso de exploración y formación crítica, es necesario, así como también identificar primeramente los rostros, de quienes con un esfuerzo intentan que los muros de esta gran prisión se resquebrajen [6].

[1] Las tres convocatorias pueden encontrarse en Facebook, en los siguientes enlaces. Festival Temporal: https://www.facebook.com/FestivalTemporal/ , Festival Clonfluencias de Arte: https://www.facebook.com/confluenciasdearte/, Anatografías: Una exhibición oscura. https://www.facebook.com/events/511291999219272/
[2] Se puede obtener más información en la fan page: http://www.facebook.com/eltallerdemoreno
[3] El guión curatorial de la muestra, puede verse en este enlace: http://bit.ly/2IsM8K1
[4] http://www.oxigenoferiadearte.com
[5] The Society Paraguay: Nuestro país está en un momento de gran evolución arquitectónica. http://bit.ly/2tYlUMt
[6] Cita a la frase: “Paraguay sigue siendo una gran cárcel” , del director de cine, Marcelo Martinessi. [7] “idea desarrollada en la clase de Teoría del Arte III, a cargo del prof. Mgs. Félix Cardozo”.

Mercado Caleidoscopico

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por Melina Pekholtz 

La geografía urbana asuncena se conforma más por los lugares que generan un conglomerado de gente unida por intereses o circunstancias comunes que por un paisaje urbano diseñado, planificado o generado orgánicamente por situaciones territoriales particulares. Sólo entendiendo esto podremos acercarnos a observar el microcosmos que vive cada uno de sus habitantes en sus vidas cotidianas.
El Mercado 4 podría enunciarse como uno de los principales conglomerados de la ciudad. Con sus mercaderes, que entre sus ofertas en guaraní nos regalan casi una canción, se van acomodando debajo de unos toldos de lona tensados que ofrecen su sombra y se van superponiendo unos con otros creando un túnel de retazos que se extiende más allá de nuestro horizonte.
Encima de alguna caja de manzanas, esperan; acaso a nosotros, los consumidores o a la vida misma que es la que ven pasar día tras día, sabiendo que el único futuro es el de ayer, que a su vez es el mismo de hoy y el de mañana también. Sus ojos cargados de resignaciones, nos muestran un presente eterno, casi comprimido en un sólo instante.
Escudriñar por sus pasillos, buscar esa otra mirada que nos busca desesperadamente a través de sus mercaderías, dar con esos ojos que entre una mirada y otra nos preguntan qué estamos buscando en ese ahora ya vasto universo en el que nos adentramos. Fundirnos en estas contemplaciones es observar un caleidoscopio, que repite una y otra vez las mismas imágenes que observa hasta el hartazgo, hasta dejarnos abrumados por tanta superposición y a su vez despojándonos de todas y cada una de nuestras certezas.
Repentinamente nos perdemos en los reflejos de todas las imágenes que a fin de cuentas son una sóla, pero que al estar desdoblada en tantas repeticiones, nos cuestiona y nos hace dudar de qué estamos haciendo ahí, porqué elegimos estar ahí, con la adrenalina que implica estar en un lugar que es de todos y a la vez de nadie.
Si seguimos urgando, recorriendo los laberintos que se generan en su recorrido, que si bien a algunos visitantes les puede resultar fascinante, quizás nada tienen de revelador para sus habitantes cotidianos tanto caos, tanta desidia, tanta desesperanza.
Atravesamos un túnel de aromas a hierbas medicinales que nos conduce a refrigeradores antiguos que chorrean sangre y nos ofrecen una fresca cabeza de cerdo. Al lado se encuentra un puesto tecnicolor de frutas y verduras de todo tipo, que se exhibe como un abanico, que ofertan en cantidad.
Todo, absolutamente todo, se vuelve negociable en los pasillos de nuestro Mercado 4, hasta la dignidad; por docena, sale más barata.
Y recién cuando finalmente desaparecemos de este universo, nos damos cuenta que quizás hayamos dejado nuestros más profundos pensamientos en sus pasillos, entre verduras frescas y trozos de carne que todavía evocan la vida, la misma que nos convocó a ese espacio tan infinito como efímero.

Fotografía: Mónica Matiauda ©️