Seis minutos de lectura

Seis minutos de Lectura

Del star system a lo colectivo.

Por Horacio Cherniavsky 

Advertencia: El ensayo presentado a continuación no pretende atribuir significados ni mucho menos inmiscuirse en semántica. Todo lo contrario. Describe mecanismos generales y situaciones particulares con el propósito de generar una opinión abierta y una definición mixta sobre el fenómeno de los colectivos en arquitectura.

Resulta ineludible confirmar la evidencia de nuestra aproximación a un mundo donde impera lo colectivo. La articulación individualista, basada en la autonomía del “yo” en una sociedad fundada en contratos sociales, ha ido mutando con el pasar del tiempo. No sorprende que los compositores musicales singulares en una época donde lo colectivo ni siquiera era considerado, hoy se conviertan en grupos de personas que destronan a la figura solitaria del autor. Pasa lo mismo en todo campo de creación: lo colectivo se opone a lo privado, culminando en lo que hoy entendemos por la extensión de internet y toda la falta de privacidad que ello conlleva. Frente a la constante aparición de colectivos en arquitectura, urge la necesidad de entender el motivo de la proliferación de los mismos. Para ello, habría que analizar primero al antagonista de lo colectivo: el starchitect.

Por mas odioso que resulte denominar a los arquitectos estrellas, el fenómeno no es nada nuevo. Quizás la figura precursora más resaltante del sistema del estrellato sea Andrea Palladio. Sin dejar de lado a Calícrates, Apolodoro y hasta Alberti, quien ya hablaba del papel del arquitecto como digno de admiración y de una inteligencia divina, el arquitecto como figura icónica y mitificada, productora (¿servidora?) de los deseos de la clase alta de la época, inicia en el Renacimiento. Los deseos de impregnar la hegemonía familiar en construcciones particulares se explica por el lento, pero concreto, decaimiento de la iglesia como representante del poder. Si antes la arquitectura trascendía mediante construcciones simbólicas gubernamentales y/o religiosas, como el Partenón o las catedrales góticas, el papel de la profesión en el siglo XV se trasladó a encargos privados de familias adineradas. Está claro que el desempeño de la profesión se mantuvo también ligado al poder político y religioso, pero el creciente delirio por contratar al más famoso y reconocido arquitecto, como representante máximo de un cierto estilo o tendencia, sin, muchas veces, estar de acuerdo o entender completamente el planteamiento, dio riendas sueltas a un esnobismo que solidificó el papel del profesional autoritario e intocable. Rebosan anécdotas en las que la megalomanía del arquitecto termina por destruir los deseos del comitente, con desenlaces similares al de Mies con la Dra. Farnsworth.

A través de la historia podemos notar la voluntad de manifestar la opulencia mediante la arquitectura, con el fin de establecer una presencia social y política. Producto de esto nace el actual star system, vinculado al espectáculo, la pura imagen, el show y la escenografía. La individualidad representativa de las líneas arquitectónicas de las celebridades del momento se fortalece mediante las constantes (y absurdas) publicaciones mediáticas, que no hacen más que alimentar al monstruo que ellas mismas crearon. Esta arquitectura de autor se convierte en marca, que luego se exporta y se propaga como virus, desencadenando una serie de réplicas formales avaladas por su pedigrí.

Como respuesta a este escenario, empiezan a surgir grupos independientes con actitud contestataria en búsqueda de alternativas. Son estos grupos, que luego denominaremos colectivos, los que toman la posta en oposición al tradicional sistema de trabajo que caracteriza al arquitecto por antonomasia. Algunos por necesidad, otros por intransigencias ideológicas, el surgimiento de los colectivos destapó las arterias que se venían obstruyendo con el sistema del estrellato.

La data de la idea del colectivo arquitectónico es incierta, pero podemos atribuir una influencia determinante a la Internacional Situacionista en la gestación de este tipo de grupos. Al no contar con un perfil determinado, resulta complejo describir con precisión y catalogar la aparición de los colectivos en arquitectura (Por ejemplo, ¿fue el Team X un colectivo?). De hecho, la construcción de la imagen del colectivo y su propia identidad sigue siendo un proyecto abierto en vías de desarrollo. Sin embargo, no sería imprudente conectar los puntos para encontrar semejanzas en los patrones que se vienen dando hace ya un tiempo entre grupos interdisciplinares con metas y metodologías comunes.

Podemos afirmar con certeza que si hay algo que aglutina a los colectivos es el activismo, en toda la extensión de la palabra. La participación directa en la transformación política, social y espacial reformuló la dimensión ética de la arquitectura, redimiendo el papel olvidado por el estrellato. La condición de ejercer la arquitectura más allá de los límites tradicionales, expandiendo el alcance de las prácticas académicas y profesionales, produjo una plataforma abierta y colaborativa, reuniendo a profesionales de distintas – pero complementarias – disciplinas. Esta pluralidad es lo que va definiendo con cada vez menos precisión el perfil de ese ecosistema, abriendo el espectro de posibilidades sin límites visibles. Esto, sin duda, es la cualidad más interesante del fenómeno de los colectivos: la incertidumbre de su devenir.

Es cierto que las dinámicas de red colaborativa suelen entorpecerse por la cantidad de actores involucrados y la ensalada de intenciones divergentes, pero todo proceso democrático conlleva dificultades en la administración de los esfuerzos. Como el trabajo de los colectivos suele ser auto-gestionado, la ausencia de un cliente particular a quien consentir obliga al equipo a crear las propias reglas de la propuesta. Podemos convenir entonces que el trabajo de los colectivos es, en ocasiones, más complejo, y por ende, mucho menos visual de lo que las revistas nos tienen acostumbrados.

Entendiendo que el resultado muchas veces se enfoca en el proceso y no en el objeto, el producto que ofrecen los colectivos puede no ser tangible. La construcción de una comunidad o la producción del conocimiento son ejemplos de posibles soluciones no tangibles pero trascendentales de orden público y transformación colectiva. Estos intentos de anti-patente y anti-autoría activan procesos creativos, instituyen valor y desarrollan prácticas cruzadas que refuerzan los vínculos en una determinada comunidad o sociedad.

La colectividad, en este sentido, no deriva en la traición o el abandono de los intereses e ideales individuales, sino, más bien, es el acopio de ellos en una dinámica más amplia. A pesar de promover una estructura horizontal, el networking dentro de los colectivos no intenta erradicar la singularidad de los miembros, ni mucho menos extraer protagonismo, sino que se enriquece y se nutre con la particularidad de cada uno. Como en cualquier equipo, el funcionamiento correcto radica en la estratificación y especialización de roles complementarios en consecución de una meta o propósito. La ausencia de jerarquías obliga a una estricta organización y distribución de labores.

Sería insensato negar la estrecha relación e interacción de los colectivos con los proyectos de carácter público y la correspondencia entre la figura del arquitecto y el campo de lo privado. Por supuesto que no es excluyente que una oficina se enfoque en desarrollar proyectos públicos, inclusive sin ánimos de lucro, y que colectivos estén detrás de encargos privados, pero la esencia misma de la conformación de una estructura abierta, horizontal y participativa persigue y practica los ideales democráticos, tomando parte en la configuración de nuevas formas de asociación humana.

La experimentación y la producción de conocimientos siguen siendo los bastiones con los cuales la vanguardia abre los nuevos caminos del futuro de nuestra sociedad. Mas allá del diseño, la imagen y los premios, lo que verdaderamente aporta a la conciencia colectiva es la construcción de relaciones y valores mediante el trabajo colaborativo. Es así, que toda práctica, individual o colectiva, puede contribuir a la consolidación de una sociedad mejor, con mayor cohesión e igualdad.

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