Mercado Caleidoscopico

1FFC2D0F-B9BA-4F58-A221-F9CD28C004DBMercado Caleidoscopico

por Melina Pekholtz 

La geografía urbana asuncena se conforma más por los lugares que generan un conglomerado de gente unida por intereses o circunstancias comunes que por un paisaje urbano diseñado, planificado o generado orgánicamente por situaciones territoriales particulares. Sólo entendiendo esto podremos acercarnos a observar el microcosmos que vive cada uno de sus habitantes en sus vidas cotidianas.
El Mercado 4 podría enunciarse como uno de los principales conglomerados de la ciudad. Con sus mercaderes, que entre sus ofertas en guaraní nos regalan casi una canción, se van acomodando debajo de unos toldos de lona tensados que ofrecen su sombra y se van superponiendo unos con otros creando un túnel de retazos que se extiende más allá de nuestro horizonte.
Encima de alguna caja de manzanas, esperan; acaso a nosotros, los consumidores o a la vida misma que es la que ven pasar día tras día, sabiendo que el único futuro es el de ayer, que a su vez es el mismo de hoy y el de mañana también. Sus ojos cargados de resignaciones, nos muestran un presente eterno, casi comprimido en un sólo instante.
Escudriñar por sus pasillos, buscar esa otra mirada que nos busca desesperadamente a través de sus mercaderías, dar con esos ojos que entre una mirada y otra nos preguntan qué estamos buscando en ese ahora ya vasto universo en el que nos adentramos. Fundirnos en estas contemplaciones es observar un caleidoscopio, que repite una y otra vez las mismas imágenes que observa hasta el hartazgo, hasta dejarnos abrumados por tanta superposición y a su vez despojándonos de todas y cada una de nuestras certezas.
Repentinamente nos perdemos en los reflejos de todas las imágenes que a fin de cuentas son una sóla, pero que al estar desdoblada en tantas repeticiones, nos cuestiona y nos hace dudar de qué estamos haciendo ahí, porqué elegimos estar ahí, con la adrenalina que implica estar en un lugar que es de todos y a la vez de nadie.
Si seguimos urgando, recorriendo los laberintos que se generan en su recorrido, que si bien a algunos visitantes les puede resultar fascinante, quizás nada tienen de revelador para sus habitantes cotidianos tanto caos, tanta desidia, tanta desesperanza.
Atravesamos un túnel de aromas a hierbas medicinales que nos conduce a refrigeradores antiguos que chorrean sangre y nos ofrecen una fresca cabeza de cerdo. Al lado se encuentra un puesto tecnicolor de frutas y verduras de todo tipo, que se exhibe como un abanico, que ofertan en cantidad.
Todo, absolutamente todo, se vuelve negociable en los pasillos de nuestro Mercado 4, hasta la dignidad; por docena, sale más barata.
Y recién cuando finalmente desaparecemos de este universo, nos damos cuenta que quizás hayamos dejado nuestros más profundos pensamientos en sus pasillos, entre verduras frescas y trozos de carne que todavía evocan la vida, la misma que nos convocó a ese espacio tan infinito como efímero.

Fotografía: Mónica Matiauda ©️

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