¿Por que viajamos? o la importancia de la experiencia

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¿Por qué viajamos? O la importancia de la experiencia.

por Horacio Cherniavsky 

Es posible pensar de nuestras vidas como un perpetuo proceso. Somos la acumulación de experiencias vividas y aprendizajes adquiridos en el transcurso del espacio-tiempo. Sería un error, entonces, pensar en uno mismo como algo autónomo, estático, consolidado, finito. Nuestra percepción sobre nosotros mismos varía con el tiempo y somos capaces de ir construyendo nuestra propia historia. ¿O es la historia la que nos construye a nosotros? Pues, ambos. La respuesta práctica a esta dualidad yace en el significado del diseño ontológico que dice que lo que diseñamos nos diseña. Es una interacción colaborativa. Ahí reside la importancia de la arquitectura como articuladora de una cultura, una sociedad y en última instancia de una civilización. Es nuestro entorno el que rige como vivimos, como nos sentimos, como percibimosal mundo. Asimismo, somos nosotros los que construimos ese entorno.

La curiosidad y el deseo de la novedad son sentimientos inextricables a la naturaleza humana. Evolutivamente hablando, éstas fueron piezas fundamentales para el desarrollo de nuestra especie. Lo nuevo representa el cambio, la modificación de lo existente, y en ciertos casos, el progreso. La creación produce la novedad, y la novedad promueve la creación. La capacidad de crear, entonces, tiene su origen en la necesidad de transformar para habitar. Parafraseando a Heidegger, “al habitar llegamos solamente por medio del construir”. Y la construcción, que en esencia es transformación, es un proceso colectivo. Construimos loslenguajes, las costumbres, las ciudades, las culturas, las ficciones que nos organizan y determinan nuestras vidas.

Exponernos a entornos no familiares nos obliga a modificar los procesos mentales habituales y cotidianos. Al encontrarnos fuera de nuestros patrones de comportamiento diario, alias rutina, abrimos una ventana hacia la reprogramación de nuestra manera de ver el mundo, y por ende, de cómo nos vemos a nosotros mismos. Descubrir nuevos paisajes, espacios, personas, ideas, es aprender de ellos. Hay demasiada información en el modo de habitar de cada lugar. Esto nos permite elaborar una mirada crítica sobre la situación actual de nuestro propio entorno, sobre todo cuando vamos acumulando destinos. En esta constante búsqueda de lo nuevo es que nos encontramos con el descubrimiento, que lo convertimos en aprendizaje.

Estos aprendizajes luego forman parte de nuestra capacidad creativa. En inglés el término “awe” se refiere al sentimiento de sobrecogimiento y asombro que se experimenta en un momento de expansión perceptiva, de tal magnitud, que reconfigura nuestros modelos estructurales de la realidad. Dentro de nuestra susceptibilidad perceptiva de los viajes, nos sumergimos en esa sublimación poética, en la intensificación de la experiencia del presente, en una suerte de éxtasis.

Éxtasis, que en su raíz etimológica significa desplazarse, desviarse, es en esencia la acción de estar fuera de sí (ek, ex – stasis, estático, estanco). Algo tan cotidiano, común y corriente, se vuelve algo único, excéntrico, exótico, innovador, sin precedentes para nosotros. El frío y húmedo recibimiento de una catedral gótica, los olores que brotan de las cocinas en las calles de la ciudad medieval, el sabor de cada plato típico, la música que se ejecuta en el espacio público. Percepciones que muchas veces los propios habitantes del lugar dan por sentado, ya que forman parte de su cotidiano. Cuanta sensibilidad perceptiva sentimos al entregarnos por completo al profundo abismo de la conciencia. Pareciera que dentro de nuestra rutina diaria hay poco espacio para experiencias trascendentales y son justamente estos fragmentos vividos los que encienden el fuego de la voluntad creativa.

Los viajes, al descontextualizarnos del cotidiano y alejarnos de preconceptos y familiaridades, nos prestan nuevas lentes para ver la realidad. Conectarnos a esta diversidad hace que nos preguntemos sobre nuestro concepto de la verdad. Aquí nace lo que denominamos “perspectivas” que son las distintas representaciones con las que vemos la realidad. Es más importante, según Alain de Botton, la mentalidad con la que viajamos que el propio destino al que vamos. Está claro, entonces, que todo lugar posee información y particularidades de las cuales nos podemos enriquecer. No existen mejores o peores destinos. Cada rincón del universo esconde infinitos secretos esperando a ser revelados.

En ciertos momentos de la historia, como en ciertos lugares en la actualidad, viajar para ver arquitectura era la única manera de aprender de lo que ya se había hecho. Este peregrinaje instructivo era el único canal de aprendizaje previo a los libros e internet. Por supuesto, los viajes se volvieron cada vez más accesibles y se convirtieron en tarea pendiente de arquitectos en proceso de formación. Si bien los focos de interés arquitectónico se van polarizando, el Grand Tour europeo sigue siendo un hito en el desarrollo disciplinar.

Desde el viaje a oriente de Le Corbusier (en ese entonces Charles Édouard Jeanneret) hasta la expediciones de Bernard Rudofsky, todo viaje produjo un impacto penetrante que luego se manifestó en el trabajo y la producción de cada uno. Louis Kahn, Frank Lloyd Wright, Alvar Aalto y Jörn Utzon, por dar algunos ejemplos, transformaron su manera de ver la arquitectura luego de reveladores viajes. Tadao Ando confesó que fueron sus viajes los que le enseñaron arquitectura, ya que no tuvo formación académica de la profesión. Es de suma importancia, entonces, reconocer el rol fundamental de los viajes como herramienta de aprendizaje en la formación profesional. Todo lo vivido se convierte en recurso de nuestra propia producción.

Tener presente el motivo de nuestras acciones nos enfoca en la búsqueda de sus resultados. ¿Por qué, entonces, viajamos? Cada uno tendrá un motivo distinto. Se viaja para descubrir, para conocer, para aprender, para evolucionar, para perdernos y cuestionarnos. Solamente cuando nos perdemos es que nos podemos encontrar. Y a veces no se trata de encontrar respuestas, sino de hacernos mejores preguntas.

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