Sobre la no neutralidad de los espacios públicos. Una experiencia (personal) de género. #25N

Plaza de la Democracia | Fotografía: Fotociclo

Por Melina Pekholtz

Los lugares siempre fueron percibidos como espacios neutros, con una asepsia propia de las cosas que no se ven, quizás por haber dado por sentadas ciertas características que nunca fueron tenidas en cuenta o problematizadas.

El espacio público es una de las grandes “arenas” que aún hoy sigue acarreando esta carencia. No podemos dejar de mencionar que las plazas, parques y el espacio público urbano en general, al haber sido pensados, proyectados y construídos mayoritariamente por hombres; están concebidos con una perspectiva androcéntrica.

El espacio público en su conjunto, tanto física como simbólicamente ha sido el lugar de acción del hombre, mientras todo el universo de lo doméstico ha sido el ámbito “tradicional” de la mujer.

Resulta difícil entender cómo llegamos a este punto en el que este sesgo tan acentuado ha sido interpelado tan pocas veces y sin resaltar la brecha que genera.

Conceptualmente sería difícil explicar los alcances de esta asimetría, pero habiendo vivido ciertos obstáculos en este ámbito se me hace más fácil compartir una experiencia que clarifica algunas cuestiones.

Estaba de viaje, en una ciudad europea, casi todo el tiempo del día pasaba en las calles, de un lugar a otro, casi sin parar. En muchos momentos sentía la necesidad de ir al baño y no era fácil encontrar uno rápidamente. Varias veces pedía permiso para entrar a algún sanitario de un café, bar o tienda. En algunas ocasiones era complicado, porque estaban habilitados sólo para clientes como muchos ya lo anunciaban en carteles. Muy de vez en cuando encontraba alguno público de libre acceso y en buenas condiciones.

Como se sabe, la cuestión de los sanitarios, no es una cuestión menor para las mujeres. Si no los tenemos “a mano”, no podemos pasar mucho tiempo afuera. Con esto, nuestra presencia se ve limitada.

Estos lugares se convierten así en espacios hostiles para con nosotras y no facilitan nuestra interacción (todo esto sin tener en cuenta la hora del día-o noche-, la iluminación y la concurrencia del enclave, que en este caso por estar en una ciudad del “primer mundo” contaba con estándares de seguridad lo suficientemente altos como para que más allá de cualquier compañía, me sintiera segura.)

El caso es que en unas cuantas de esas tantas veces que necesité entrar a algún sanitario, no fue nada fácil encontrarlos y en varias ocasiones se presentaron algunas barreras ( tener que pagar para entrar, pedir permiso por ser un lugar privado o tener que usar instalaciones que no estaban en condiciones adecuadas), a todo esto sumándole que la persona con quién estaba en ese momento, me decía:

-¡De nuevo tenés ganas!, ¡No sos una nena, aguantá un poco!

Y es que yo pensaba que realmente no aguantaba más. Y todavía no entiendo cómo, juntaba fuerzas y seguía aguantando.

Al volver del viaje, unos días después sentí un dolor “lumbar” muy fuerte, tan fuerte que en un momento me inmovilizó. Entonces me llevaron al hospital y quedé internada una semana, con suero, a causa de una pielonefritis aguda (infección en los riñones),  ocasionada por una infección urinaria asintomática, producto de “aguantarme un poco”.

Cuando hablamos de una ciudad inclusiva, que promueva la salud, tenemos que hacer visible lo invisible, traer a colación lo que implica la igualdad de condiciones para que todas las personas podamos disfrutar de nuestra permanencia en los espacios sin poner en riesgo nuestra integridad física en ningún aspecto y trabajando por equiparar las desigualdades.

Esta experiencia tiene aristas aún más complejas al localizar la situación en una ciudad como la de Asunción.

El espacio público al haber sido concebido por hombres y para hombres (y/o por mujeres sin perspectiva de género) no se ha pensado en los cuerpos femeninos en esos espacios, en las niñas, ni en otras especies de vida. Se ha discriminado por omisión y esa hostilidad se vuelve violenta cuando ese espacio da cabida a ciertos episodios que agreden física, psicológica o simbólicamente a sectores que de alguna manera no pueden participar de una experiencia sin barreras.

Bastaría con preguntar a cualquier persona perteneciente a una minoría (o minoría simbólica, como en el caso de las mujeres) acerca de su experiencia en los espacios públicos para obtener aportes valiosos que permitan mejorar dicha experiencia.

Es por eso que necesitamos que siempre que se hable y se tomen decisiones sobre el espacio público, la ciudad y/o el territorio; se tengan miradas plurales para poder tomar decisiones más acertadas y más benéficas para todas las personas. Ni siquiera resulta necesario que las voces que participen sean  “técnicas”. Necesitamos entender el poder la representatividad, que va mucho más allá de cualquier tecnicismo.

Pensar en territorios y ciudades equitativas, es mucho más que trazar planes, delinear ordenamientos y estructurar reglamentaciones. Trasciende el poner rampas para discapacitados, señales acústicas y táctiles para ciegos, bicisendas, huertos urbanos o sanitarios públicos para todas las personas, ya que es una cuestión de perspectiva poder mirar más allá de lo hegemónico.

Pensar, proponer, planificar y construir ciudades y territorios ecológicos, inclusivos y saludables, implica hacer partícipe de cualquier decisión que tenga que ver con estos espacios a personas que encarnen e incorporen diversidad en sus miradas y proposiciones. Al poner lo marginal en el centro y darle voz a quienes usualmente no la tienen a la hora de hablar y definir territorios, todo lo demás estará incluído por añadidura.

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