Representantes utópicos para ciudades distópicas.

Por Carlos Zárate

La distopía o idea de un futuro desastroso es un tema muy recurrente en ciertos campos del arte. Planteado en algunos casos como una imaginativa exploración de lo posible y al mismo tiempo como una advertencia. Diversas obras del cine y la literatura mundial nos presentan el tema con distintos énfasis, donde a veces el conflicto mayor es sociopolítico, a veces tecnológico, a veces ambiental.

Cien, cincuenta, diez o apenas un año atrás, imaginar un Paraguay en medio de una pandemia mortal, con la peor sequía de su historia y récord de incendios forestales, hubiese sido considerado un escenario improbable, no por los fenómenos singulares (que aisladamente ya han sucedido antes) sino porque ocurran juntos, en simultáneo. 

Por ello el carácter distópico del presente respecto al pasado reciente; por lo extremo e inusual. Si le agregamos escenas inverosímiles pero que se han vuelto cotidianas como los tapabocas, el aire saturado de humo, los toques de queda, las fronteras cerradas, la cantidad de muertes por el virus y los miles de empleos perdidos por las restricciones; lo dramático se viste de trágico. El cuadro se completa con instituciones públicas nada preparadas para afrontar tales situaciones y un gobierno secuestrado por mafias del narcotráfico y el stronismo más rancio, voraz e inepto, dispuestos a aprovechar la confusión y el miedo para tomar por asalto los fondos existentes y los préstamos de auxilio, bajo una tácita premisa de sálvese quien pueda.

Así como el estado no está preparado para afrontar estas situaciones, ninguno de los municipios del país lo está. Puede que sea una constatación bastante obvia, pero a las puertas de un año electoral, no debería ser solo una decepción más. Nuestras ciudades, nuestros poblados, nuestros bosques, nuestras aguas, en fin, nuestro territorio(que ya venía maltratado, raleado, contaminado y usurpado) llegó a límites de degradación. Y con él sus habitantes.

Por ahora todo apunta a que el menú electoral traerá más de lo mismo: promesas de asfalto, de semáforos, de puentes, de viaductos, de placitas “hermoseadas”, de letras corpóreas, de un puñado de plantines para la foto. Promesas de mejorar la infraestructura médica, educativa y cultural. Promesas de administración honesta y eficiente. Promesas.

La cuestión es que ni siquiera cumpliendo a medias las promesas de siempre, los municipios han logrado en los últimos años avances significativos en la calidad urbana y la calidad de vida de sus habitantes. 

Ahora imaginemos las mismas propuestas de siempre en un escenario aún más exigente, distópico como el que tenemos hoy, que demanda dramáticamente espacios públicos de calidad (diseñados, equipados, inclusivos), aire puro, mitigación de altas temperaturas, seguridad, salubridad, transporte público eficiente y movilidad alternativa. ¿Cuántos de los candidatos harán las mismas propuestas de siempre? ¿A cuántos les importará la urgencia de reconstituir los bosques nativos arrasados por el fuego? ¿Cuántos saben que somos de los últimos países que no asume lo insostenible de seguir apostando al automóvil como prioridad?

La parafernalia con que la municipalidad asuncena desmonta un cartel ilegal en la otra orilla del río cuando cínicamente al mismo tiempo llena de estandartes para gigantografías los costados de su propia costanera, la manera grotesca en que despojaron a Villa Hayes de parte de su territorio para generar una administración autónoma en la cabecera de un puente que aún no existe, la construcción de un casino multinacional sobre una reserva natural que involucra a los municipios de Mariano Roque Alonso y Limpio o la actitud entreguista de tantosmunicipios que se rinden al imperio de la soja y la ganadería, son situaciones que nos muestran que en lasmunicipalidades se actúa sin tener la más mínima noción de la gravedad de la situación actual del país ni cuáles debieran ser las prioridades en consecuencia.

En este contexto, no queda otra que sobreponerse a las adversidades y encontrar estrategias que confronten la realidad distópica con las propuestas que traerán los candidatos, exigir coherencia extrema con la realidad que nos toca y exponer hasta el ridículo a quienes no estén ni preparados ni interesados en sacarnos del abismo hacia el cual nos deslizamos.

Se agotó el tiempo. Los otrora riesgos del futuro son hoy realidades brutales e inocultables. No hay riesgo de pandemia, ni catástrofes medio ambientales; estamos inmersos en ellas. No están en riesgo los bosques, se talaron e incendiaron todos. No hay riesgo de cambio climático, el clima ya cambió. No hay riesgo de contaminación del aire, respiramos humo. No hay riesgo de colapso vehicular, se pasa varias horas del día entre embotellamientos y bocinazos. No hay riesgo de degradación urbana, nuestros espacios públicos son caóticos, inseguros y excluyentes. Nuestras vidas parecen transcurrir en un escenario que siguió al pie de la letra elguión de un manual de desarrollo insostenible y así estamos; algunos resignados, otros incrédulos, frente esta escena.

La posibilidad que tenemos como país; como ciudadanos, como habitantes, como vecinos, de contrarrestar con éxito el presente tan complicado, depende en gran medida de filtrar a los oportunistas de siempre. 

Trabajar sobre el sentido exactamente opuesto a la realidad que nos toca, combatir distopía con utopía, esa visión optimista que apunta sin complejos y con confianza al mejor de los futuros posibles.

Urge eso. Representantes con visión utópica, que desde la esperanza de lo ideal contrarresten lo insoportablemente distópico de la fatídica realidad.

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