Un Caballo de Troya: Patrimonios Arquitectónicos y el miedo a “chacaritizar” la ciudad.

Artículo por Carlos Zarate(*)

Uno de los episodios más atractivos y conocidos de la mitología griega es el del Caballo de Troya, ese ‘presente griego’ puesto a consideración como ofrenda de paz, que contenía intenciones muy opuestas en su interior. Metafóricamente, podemos intentar establecer una analogía en el contexto de la Asunción contemporánea.

Por denuncias puntuales en redes sociales o por constatación propia, vemos a diario la poca estima que en general se tiene en Paraguay hacia las edificaciones antiguas de factura modesta. Construcciones en ruinas, abandonadas o descuidadas, mutiladas o aviesamente demolidas forman parte de todos los escenarios urbanos del país. Esta situación se explica por la combinación de numerosos factores entre los que destacan instituciones débiles para defender lo histórico como interés público y sistemas educativos que no están preparados para incorporar un tema tan específico en sus estrategias didácticas.

Por eso, en este 2020 que va cerrando, resulta notable verificar que entre tantas situaciones extremas y que rayan lo inverosímil, a nivel nacional el tema “patrimonio arquitectónico histórico” haya encontrado algún lugar en la atención del público durante los últimos meses, a partir de diversas situaciones puntuales entre las que destacan nítidamente tres en la capital: el incendio de ex cine Victoria, las pintatas al Panteón Nacional de los Héroes y otro incendio más reciente, el que afectó a una hectárea de la Chacarita que, además de arrasar con un centenar de viviendas, consumió el bloque anexo del ex Cabildo. Durante los días que siguieron a estos sucesos citados, redes sociales y medios de comunicación en general canalizaron las “inquietudes patrimoniales” de mucha gente que quería y tenía algo que decir al respecto.

Aquí es donde cabe la figura del Caballo de Troya que da nombre a estas reflexiones. El tema “patrimonio arquitectónico histórico” fue abordado en la inmensa mayoría de los casos desde vertientes que nada tienen que ver con cuestiones técnicas, estilísticas, tipológicas ni teóricas que son propias de ese campo tan específico de la arquitectura que es el de la restauración y conservación. Nada de extrañar ciertamente, por las deficiencias en los mecanismos de educación, promoción y protección ya mencionados. Se introdujeron, en compensación, abordajes desde lo económico (asociando el incendio del ex cine Victoria a la falta de incentivos para su manutención), desde lo ideológico (en un rechazo hacia un imaginario grupo en que cabían por igual el EPP, las organizaciones sociales y movimientos feministas), o desde lo social (fustigando la presencia de asentamientos informales, donde se inició el incendio que terminó afectando al ex Cabildo).

Es así como vemos que la intención primera de abordar temas referidos al patrimonio histórico se diluye rápidamente tras su presentación. Es en realidad un Caballo de Troya que al primer descuido abre la escotilla por la que se deslizan miedos y resabios que profundizan las diferencias -y deficiencias- históricas de nuestra sociedad.

Tomaré de ejemplo solo el caso más reciente, del incendio que afectó tanto a viviendas de la Chacarita como a parte del ex Cabildo. Casi toda discusión que haya iniciado mencionando las cualidades históricas del edificio o de la costanera original de la ciudad (donde estaban asentadas las precarias viviendas siniestradas) sirvieron tanto por parte de los proponentes del debate como por parte de la mayoría de los opinantes para fustigar a las víctimas directas del incendio y sus vecinos.

Celebraciones indignas por lo acontecido, sentencias y acusaciones que reflejan indolencia, intolerancia e incomprensión hacia los afectados. Cuánta gente sin preámbulos pasaba, en sus opiniones, del sitio del incendio a los sitios aledaños, proponiendo demoler parte o directamente toda la Chacarita. Porque no solo incomoda el chacariteño, incomoda que ocupen un lugar, incomoda la “informalidad” de ese lugar, es decir, la irregularidad de sus calles, de sus lotes, la precariedad de los materiales. Algunos de los más “piadosos” planteaban la necesidad de demoler para regularizar la forma de sus lotes y sus calles para “incorporarlos” a la ciudad “formal”. Pero ¿Está realmente todo tan mal en la Chacarita en particular y los bañados de Asunción en general? ¿Y si invertimos por un instante la lógica? ¿No es acaso su informalidad también un mecanismo de defensa -muy efectivo- ante la desidia y el rechazo del lado formal de la ciudad? 

Alguna vez leí que el discurso de querer formalizar las villas y bañados tiene algo de cínico y oportunista, porque detrás de la intención de formalización está la necesidad de incorporar a los “informales” a los intereses de la formalidad. Los “formales” necesitan que eso ocurra y no al revés, para ampliar su mercado de consumidores. Más allá de los servicios básicos, los “informales” no precisan -al menos no desesperadamente- lo que la formalidad les pueda ofrecer. Por otro lado, unas cien mil personas -más del 20% de la población asuncena- habitan en los bañados y laboran dentro de la ciudad. Si un día se pusiesen de acuerdo y dejaran de activar en sus oficios y profesiones, Asunción entera la pasaría muy mal en los siguientes días.

Agregaría además a la caracterización de aquel discurso, la dificultad desde la “formalidad” de reconocer lo diferente como algo positivo. Hace unos años, una tarde lluviosa en que viajaba con un taxista conversador, empezamos a hablar de la inseguridad vial. Le mencioné un tema que por entontes andaba investigando, el de las “calles compartidas” y le conté que esas propuestas del “primer mundo” permitían el uso simultáneo de peatones y automóviles, con reglas estrictas de prioridad a los primeros. Cuando terminé de hablar giró la cabeza y con la mayor diplomacia me dijo: “no sabía que era algo nuevo, vivo en Chacarita hace más de treinta años y ahí todas las calles son así”. 

Es que son tantas las carencias, las restricciones, las estigmatizaciones que han recibido desde siempre los bañadenses, que para sobrevivir primero y proyectarse después, han alterado muchas de las situaciones que en el lado formal de la ciudad resultan irreflexivamente normales. Y lo hicieron contando como único apoyo a sí mismos. En esas circunstancias, potenciaron actitudes y aptitudes que hoy son ya notables rasgos de identidad. Son ingeniosos y prácticos: convierten hasta desechos en materiales de construcción. Son resilientes: dispuestos a empezar de cero una y otra vez después de cada desplazamiento por inundación. Son proactivos: resistieron con ollas populares los meses más duros de la pandemia. Son solidarios: el último incendio sucedió de noche y consumió una superficie mayor al Ykua Bolaños. Nadie cerró las puertas a nadie y en consecuencia sus 500 damnificados están vivos. Son dignos: sienten orgullo y pertenencia, defienden su derecho a estar y ser ahí. 

Propongo que nos hagamos más preguntas en sentido contrario ¿Está tan bien la Asunción formal como para presentarla como modelo? ¿Son regla o excepción en la Asunción formal de hoy las calles seguras, accesibles, donde el peatón vale más que el auto, que los vecinos se conozcan de años y se comuniquen a diario, los niños jugando sin miedos fuera de la casa? 

Es probable que ya a estas alturas se haya notado que este artículo es también -a su manera- un Caballo de Troya. Prometió desde el título hablar de “patrimonio arquitectónico histórico” para deslizar -con premeditación y alevosía- una invitación a la reformulación de miradas. Si nos despojáramos por un momento de tanto prejuicio y nos concentráramos en lo mejor que tienen los bañados, “chacaritizar” la ciudad adquiere un sentido positivo.Otorgar al menos el beneficio de la duda a la idea de que, si la Asunción formal -con las ventajas que hoy tiene- pudiese reproducir los mejores rasgos de identidad de los bañados, sería en su totalidad una ciudad mucho más amable y habitable.-

(*)Arquitecto, docente, investigador.

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