NUESTROS CUERPOS EN TIERRA DE TODXS

| Por Melina Pekholtz

Estar y desplazarnos en las calles, en las plazas, en los parques, con plena libertad, sin restricciones de días, horarios ni vestimenta; en definitiva, sin ningún tipo de miedo, tendría que estar garantizado por y para todxs.

Pero, ¿qué significa y qué implica que todas las personas podamos estar, circular y permanecer en espacios públicos? ¿Cuáles son las condiciones necesarias para que esto sea posible sin exponer nuestra integridad en el intento?

Poder habitar los espacios que sean necesarios para nuestras actividades fuera del ámbito de lo privado sin que se cuestione sobre todo la presencia de mujeres, niñas, niños y otrxs, de nuestras actividades o nuestras actitudes solamente porque territorial e históricamente el espacio público fue un campo hostil para con las mujeres, no debería ser una sentencia de inseguridad en el siglo XXI.

Explicar que muchos hombres también sufren robos, asaltos o incluso abusos, no es suficiente para entender que el problema es estructural con respecto a la presencia de mujeres en las calles y en el espacio público, haciendo una lectura de las estadísticas.

La cuarta ola feminista[1] viene reclamando la inclusión y la equidad total, esto implica que podamos ocupar sin limitaciones todos los espacios del espectro de lo público, de manera tangible e intangible, desde poder habitar la ciudad en toda su magnitud, hasta poder ocupar espacios políticos que puedan dar cabida a políticas públicas más equitativas y menos sesgadas.

Los espacios públicos no deberían ser “tierra de nadie”[2], ya que son territorios colectivos, nos pertenecen a todxs y lo que pasa en ellos debe concernir a la sociedad en su conjunto. Pareciera que solamente los hechos que nos tocan vivir de manera cercana son capaces de sacudirnos para mostrar y demostrar que somos parte de este problema, pero no lo vemos a pesar de que vivimos dentro de ella.

Varios sucesos de agresiones sexuales en espacios públicos en Asunción, que se dieron en el pasado mes de abril, dieron lugar a una avalancha de reclamos a las autoridades públicas acerca de la seguridad en parques, plazas y demás espacios públicos.

La respuesta de la municipalidad fue dotar a ciertos espacios de cuadrillas policiales, de cámaras y en algunos casos de delimitar los espacios con rejas, concibiendo dichos lugares a modo de “islas”.

Someternos a una hipervigilancia y continuar con esta cultura del “chake”, que busca el control absoluto de los cuerpos, y que con la excusa de proteger a la mujer estaría ejerciendo un control sobre todas las personas, no sería el camino correcto para erradicar estas violencias.

Los dispositivos de control[3] implementados servirían como parches a un problema socio-cultural que tiene raíces históricas muy profundas, que tendrían que conducir a una reflexión social que pueda generar cambios de conducta y de pensamientos que puedan acercarnos a un futuro con más garantías para todxs y con una equidad que nos permita poder habitar los espacios, con las mismas oportunidades.

No sólo los lugares deben ofrecer las garantías mínimas necesarias –como ser una buena visibilidad de sus espacios, iluminación suficiente, accesibilidad a infraestructura sanitaria necesaria y un control social que permita la permanencia y la posible interacción benéfica de las diversas personas— sino también, y por sobre todo, una educación social que pueda identificar las profundas causas estructurales que hacen a los diferentes tipos de violencia y agresión hacia los cuerpos femeninos y diversos, episodios tan reiterados y tan perjudiciales a nivel personal, social-colectivo y hasta representativo. Entender como sociedad que hay cosas que simplemente NO PUEDEN SEGUIR PASANDO, QUE SON INADMISIBLES, debería ser parte de una sistemática educación cívica.

Plaza Juan de Salazar. Marzo, 2021 | Niños jugando en Bañado Norte. Mayo 2020 | Calle Independencia Nacional. 8M 2020. Archivo personal

El guión que predomina en cuanto a la existencia de los cuerpos femeninos en los espacios públicos es el de la violencia (no sólo física, sino verbal y psicológica) y el costo de este estar en lo público (en todos los espacios públicos; ya sean físicos, digitales, políticos, etc.) sigue siendo al día de hoy; la violencia. Es ese el lugar que nos queda por reflexionar, de construir y reconstruir desde una nueva educación; sobre cómo se habita lo público desde cuerpos “no masculinos”.[4]

La cuestión de fondo, que es estructural, sólo podrá ser entendida y superada generando consciencia y sensibilización a través de la educación sobre las diferencias intrínsecas que suponen hoy la existencia de los cuerpos diversos (entendiendo la corporalidad más allá de lo físico) en los diferentes espacios, tanto públicos como domésticos, tangibles e intangibles, y así poder ocupar dichos espacios sin ningún tipo de limitaciones. Cuando eso sea posible, sin dudas habrán muchas más mujeres y niñxs que se animarán a hacerlo,  lo que cual daría lugar a un control social inminente.

Hace más de quince años, nadie hubiera negado el profundo machismo existente en Paraguay, pero de un tiempo a esta parte y con los reclamos que se fueron gestando a través de las reivindicaciones feministas, pareciera que, cuando hoy se evoca a este sexismo para dar cuenta de esta enorme brecha   de género surgen, fundamentalismos que nos hacen creer por momentos que estamos en una regresión. Más allá de eso, continúa la resistencia, ya que más que nunca se hace necesario hacer visible lo invisible.

El punto más complejo y duro en cuanto a la inseguridad física en espacios urbanos en relación a las mujeres tiene que ver con la violencia sexual y ese gran diferencial con respecto a los hombres, genera una brecha mucho más compleja. En cambio, el mayor porcentaje de varones que son abusados sexualmente, son niños y adolescentes, y este abuso se da en la casa, en las iglesias, en las escuelas y en los clubes, rara vez en los espacios públicos. [5]

El clima de violencia social que se experimenta en muchas ciudades se yuxtapone a las condiciones de desigualdad y exclusión social, que prevalecen en la zona y a la polarización urbana que caracteriza a sus ciudades, para hacer de éstos lugares propicios para que las mujeres vivan más violencia. (Bofill)

Los casos de las corredoras acosadas y agredidas sexualmente en espacios públicos de la ciudad de Asunción, que fueron denunciados, el mes pasado, con menos de tres días de diferencia, no son situaciones aisladas y ni tampoco son los únicos que existieron en esos mismos días, probablemente.

El medio urbano influye en la vida cotidiana de las personas, especialmente de las mujeres. Las mujeres – población más pobre- son excluidas como usuarias y como conceptoras y decisoras. La zonificación dicotomiza a la sociedad. La monofuncionalidad distorsiona la convivencia. Muchos pueblos, barrios, distritos deben mejorar infraestructuras y servicios. Muchos espacios urbanos carecen de personalidad para facilitar la identificación, la seguridad y el acogimiento. (Zúñiga Elizalde)

Cuando podamos comprender que el feminismo no es lo opuesto al machismo, que no se pretende “igualar” nuestras condiciones físicas o psicológicas, sino que se quieren reconocer todas esas diferencias y establecer ciertos parámetros para la equidad –lo cual resulta también beneficioso para todas las personas, incluso para los hombres—, entonces podremos construir una sociedad en la cual todxs podamos caminar por nuestras calles y construir nuestras vidas en igualdad de condiciones.

Al Estado le compete ser el garante y el gestor del espacio público, porque este ámbito representa la posibilidad de participación e inclusión de todos y todas, donde los valores puedan compartirse al mismo tiempo que se construye la integración social (Signorelli).

8M 2020 | Archivo personal

Bibliografía:

Amman, Atxu. (2011) El espacio doméstico: la mujer y la casa. Nobuko. Buenos Aires, Argentina.

Bofill, Ana. (27 / 28, mayo, 2002) Género, ciudad, urbanismo. Extracto de la ponencia para el II seminario internacional Generourban : Infraestructuras para la vida cotidiana ETSAM – UPM.

Posada Kubissa, Luisa. (1998) “Feminismo, igualdad y discurso contemporáneo. (A 150 años de Séneca Falls)”, en Concha Fagoaga (ed.) 1898-1998 Un siglo avanzando hacia la igualdad de las mujeres. Dirección General de la Mujer-CAM

Segura, Ramiro. (2009) Paisajes del miedo en la ciudad. Miedo y ciudadanía en el espacio urbano de la ciudad de La Plata. CUADERNO URBANO. Espacio, Cultura, Sociedad – VOL. 8 – Nº 8 pp. 59 – 91.

Zúñiga Elizalde, Mercedes. (2014) Las mujeres en los espacios públicos: entre la violencia y la búsqueda de libertad. Región y sociedad [online]. 2014, vol.26, n.especial4 [citado  2021-05-20], pp.78-100. Disponible en: <http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-39252014000600004&lng=es&nrm=iso&gt;. ISSN 1870-3925.


[1] La cuarta ola feminista refiere a un momento histórico de los reclamos por la igualdad de género que puede señalarse a partir de la segunda década del siglo XXI.

[2] Hacer referencia a un territorio como “tierra de nadie”, no sólo puede significar que un determinado espacio esté desocupado, “desapropiado” o en disputa, sino que también connota peligro por estar alienada en su uso.

[3] Se hace referencia a los dispositivos de control como serían las rejas, cámaras, controles en los accesos y monitoreos policiales o incluso paramilitares.

[4] Los espacios públicos no son neutros, no es lo mismo el cuerpo de una mujer en una plaza, una niña en la calle, o una persona trans en un parque. El concepto de “abstracción espacial” al que estamos acostumbrados a referirnos cubre con un manto de asepsia toda esta diversidad.

[5] El porcentaje de niños abusados sexualmente en el año 2020 fue de 15,5%  en relación a las  84,2% de niñas abusadas en el mismo año. En cuanto a las personas adultas abusadas sexualmente en Paraguay en dicho año son  en un 99,7%, mujeres. Fuente: Ministerio Público.

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